jueves, 22 de enero de 2015

HISTORIA: Se Incorporan los Gentiles



En la entrada anterior (Cristianismo: En la Cuna del Judaismo), vimos cómo el cristianismo surgió como una rama del judaísmo.  Los primeros creyentes en Cristo eran judíos.  Pero el mensaje de salvación no sólo era para los judíos, sino para todo aquel que creyera.  Jesús era la simiente prometida a Abraham, a través de la cual todas las naciones de la Tierra iban a ser bendecidas...
(Génesis 22:18)  En tu simiente serán benditas todas las naciones de la tierra,  por cuanto obedeciste a mi voz.

Jesús vino a los suyos (pueblo judío), pero muy pocos le recibieron.
(Juan 1:11-13)  A lo suyo vino, y los suyos no le recibieron.  (12) Mas a todos los que le recibieron, a los que creen en su nombre, les dio potestad de ser hechos hijos de Dios;  (13) los cuales no son engendrados de sangre, ni de voluntad de carne, ni de voluntad de varón, sino de Dios.

Fueron pocos los judíos que reconocieron a Jesús como el Mesías, pero curiosamente pasó algo diferente entre los gentiles, ya que muchos comenzaron a creer en Él. 

El evangelio comenzó a tomar auge entre los gentiles, lo cual trajo muchas dudas entre los creyentes. Al convertirse en cristianos, ¿implicaba eso que debían convertirse en judíos? ¿Debían circuncidarse y cumplir con toda la Ley para ser aceptados entre el Pueblo de Dios?
(Hechos 15:1-2) Entonces algunos que venían de Judea enseñaban a los hermanos: Si no os circuncidáis conforme al rito de Moisés, no podéis ser salvos. (2) Como Pablo y Bernabé tuviesen una discusión y contienda no pequeña con ellos, se dispuso que subiesen Pablo y Bernabé a Jerusalén, y algunos otros de ellos, a los apóstoles y a los ancianos, para tratar esta cuestión.

Este dilema surgió desde el principio de la iglesia cristiana, y fue un tema que trataron los apóstoles.


SALVACIÓN DE LOS JUDÍOS, PARA TODOS
Los primeros creyentes eran todos judíos. El Mesías era judío y los discípulos eran judíos. Jesús mismo dijo que “la salvación viene de los judíos”:
(Juan 4:22) Vosotros adoráis lo que no sabéis; nosotros adoramos lo que sabemos; porque la salvación viene de los judíos.

Pero que la salvación “venga” de los judíos (a través de Yeshua), eso no quiere decir que la salvación sea exclusivamente para los judíos. La salvación no viene por el cumplimiento de la ley, en cuyo caso nadie podría ser salvo, ya que todos hemos fallado.  La salvación no viene por creer en una religión sino por creer en Jesucristo el Mesías (heb. Yeshua HaMashiaj).  La Biblia claramente explica que la salvación es por fe. Esta no es una revelación exclusiva del Nuevo Testamento; desde el principio la Biblia enseña que Abraham creyó y le contado por justicia (Gen. 15:6).  Abraham y todos somos salvos por fe y no por obras.
(Romanos 4:6-9) Como también David habla de la bienaventuranza del hombre a quien Dios atribuye justicia sin obras, (7) diciendo: Bienaventurados aquellos cuyas iniquidades son perdonadas, y cuyos pecados son cubiertos. (8) Bienaventurado el varón a quien el Señor no inculpa de pecado. (9) ¿Es, pues, esta bienaventuranza solamente para los de la circuncisión, o también para los de la incircuncisión? Porque decimos que a Abraham le fue contada la fe por justicia.

Ciertamente, Dios espera que su pueblo obedezca y guarde sus mandamientos, pero eso no es lo que nos gana la salvación—sólo la fe, en mérito de Jesucristo.
(Gálatas 2:16) sabiendo que el hombre no es justificado por las obras de la ley, sino por la fe de Jesucristo, nosotros también hemos creído en Jesucristo, para ser justificados por la fe de Cristo y no por las obras de la ley, por cuanto por las obras de la ley nadie será justificado.

(Romanos 6:15-18) ¿Qué, pues? ¿Pecaremos, porque no estamos bajo la ley, sino bajo la gracia? En ninguna manera. (16) ¿No sabéis que si os sometéis a alguien como esclavos para obedecerle, sois esclavos de aquel a quien obedecéis, sea del pecado para muerte, o sea de la obediencia para justicia? (17) Pero gracias a Dios, que aunque erais esclavos del pecado, habéis obedecido de corazón a aquella forma de doctrina a la cual fuisteis entregados; (18) y libertados del pecado, vinisteis a ser siervos de la justicia.

(Romanos 5:1) Justificados, pues, por la fe, tenemos paz para con Dios por medio de nuestro Señor Jesucristo.

La salvación sólo viene por la fe en el Mesías, quien pagó el precio de nuestra justicia en la cruz; pero luego de ser salvos, nosotros respondemos al regalo de la salvación con nuestra obediencia. La obediencia es por amor a Dios, y también porque así nos irá bien.
(Deuteronomio 4:39-40) Aprende pues, hoy, y reflexiona en tu corazón que Jehová es Dios arriba en el cielo y abajo en la tierra, y no hay otro. (40) Y guarda sus estatutos y sus mandamientos, los cuales yo te mando hoy, para que te vaya bien a ti y a tus hijos después de ti, y prolongues tus días sobre la tierra que Jehová tu Dios te da para siempre.

RECHAZO A LOS GENTILES
Ya vimos que los primeros creyentes eran judíos, y no dejaron de serlo.  En el libro de Hechos vimos que Pablo siguió reuniéndose en las sinagogas.  Durante sus visitas a la sinagoga, Pablo comenzó a compartir con sus hermanos judíos la revelación que Jesús era el Mesías.  Algunos creyeron, pero muchos se opusieron al punto que lo expulsaron de algunas sinagogas.  Curiosamente, lo que más les molestó de la enseñanza de Pablo era la idea de que los gentiles fueran incorporados entre el pueblo de Dios.

¿Por qué el rechazo a los gentiles? Su preocupación se entiende en parte, porque los gentiles vivían de una forma alejada del orden de Dios, y no querían que las congregaciones se contaminaran. Aun Pedro se opuso en el principio. Los judíos consideraban impuros a los gentiles, y ciertamente lo eran según el orden establecido por Dios. Pero eso no quiere decir que no pudieran purificarse. Dios le mostró esto a Pedro en la visión del lienzo en el cielo (ver estudio de Hechos capítulo 10 y capítulo 11).

Aunque la preocupación de los judíos fuera válida, la solución no era “alejar” a los gentiles, sino “educarlos”. A esta conclusión llegaron los apóstoles en el Concilio de Jerusalén (Hechos 15).

CONCILIO DE JERUSALÉN
Aun entre los judíos creyentes en Jesús (también llamados: Nazarenos) había disensión la inclusión de los gentiles entre su comunidad religiosa.  Unos decían que los gentiles debían convertirse en judíos para ser salvos, y otros decían que no.
(Hechos 15:1-2) Entonces algunos que venían de Judea enseñaban a los hermanos: Si no os circuncidáis conforme al rito de Moisés, no podéis ser salvos. (2) Como Pablo y Bernabé tuviesen una discusión y contienda no pequeña con ellos, se dispuso que subiesen Pablo y Bernabé a Jerusalén, y algunos otros de ellos, a los apóstoles y a los ancianos, para tratar esta cuestión.

¿Quién tenía la razón? Los líderes entre los creyentes se reunieron en Jerusalén para discutir este tema, en lo que se conoce como el Concilio de Jerusalén (Hechos 15).

Allí no se discutió si la Torá seguía válida o no; nadie puso en duda que la Palabra de Dios seguía vigente, pues es eterna. Más bien, el tema del Concilio era la inclusión de gentiles entre la comunidad de creyentes.

Tanto gentiles como judíos eran salvos por fe. Nadie es perfectamente justo como para salvarse por sus buenas obras—ni aún los judíos. Pero esto no quiere decir que uno viva como quiera. Uno debe tratar de vivir como Dios manda, para honrar a Dios y para que nos vaya bien. Los gentiles no conocían la Torá, pero podían aprender. Mientras aprendían, los líderes de la iglesia (Santiago, Pedro, Pablo, entre otros) determinaron que se debía pedir a los gentiles creyentes seguir por lo menos ciertos lineamientos básicos de convivencia, y esto fue lo que se definió en el Concilio de Jerusalén…
(Hechos 15:19-21) Por lo cual yo juzgo que no se inquiete a los gentiles que se convierten a Dios, (20) sino que se les escriba que se aparten de las contaminaciones de los ídolos, de fornicación, de ahogado y de sangre. (21) Porque Moisés desde tiempos antiguos tiene en cada ciudad quien lo predique en las sinagogas, donde es leído cada día de reposo.

Los gentiles creyentes debían adherirse al orden de Dios, tal como está establecido en la Torá (no necesariamente en las tradiciones humanas).  Pero mientras aprendían, por lo menos debían dejar ciertas costumbres que eran comunes entre los paganos de la época, pero que iban en contra de la Palabra de Dios.  Era lo mínimo que debían respetar para una convivencia con la comunidad creyente judía.  Luego los gentiles irían aprendiendo poco a poco el orden de Dios al estudiar la Torá todos los días de reposo (sábados, en heb. Shabat).

CERRARON LAS PUERTAS
El problema fue que pocos creyentes gentiles tuvieron la oportunidad de estudiar la Torá porque les cerraron las puertas en muchas sinagogas.

Esta situación fue lamentable, ya que los gentiles temerosos de Dios no se les dio la oportunidad de aprender la Palabra en su contexto hebreo.  Por eso es muy significativo lo que Jesús dijo a una de las iglesias de Apocalipsis:
(Apocalipsis 3:7-9) Escribe al ángel de la iglesia en Filadelfia: Esto dice el Santo, el Verdadero, el que tiene la llave de David, el que abre y ninguno cierra, y cierra y ninguno abre: (8) Yo conozco tus obras; he aquí, he puesto delante de ti una puerta abierta, la cual nadie puede cerrar; porque aunque tienes poca fuerza, has guardado mi palabra, y no has negado mi nombre. (9) He aquí, yo entrego de la sinagoga de Satanás a los que se dicen ser judíos y no lo son, sino que mienten; he aquí, yo haré que vengan y se postren a tus pies, y reconozcan que yo te he amado.

Aunque los religiosos les cerraron la puerta a los creyentes gentiles, pero el Señor se las abrió. 

En muchas sinagogas aún comenzaron a rechazar a los judíos que creían en Jesús como Mesías.  Dondequiera que Pablo iba, él siempre se dirigía primero a la sinagoga local. Pero cuando rechazaban el mensaje del Evangelio, él sacudía sus sandalias y se dirigía después a los gentiles. 
(hechos 19:8-9) Y entrando Pablo en la sinagoga, habló con denuedo por espacio de tres meses, discutiendo y persuadiendo acerca del reino de Dios. (9) Pero endureciéndose algunos y no creyendo, maldiciendo el Camino delante de la multitud, se apartó Pablo de ellos y separó a los discípulos, discutiendo cada día en la escuela de uno llamado Tiranno.

CONSECUENCIA…
La consecuencia más seria de haber cerrado las puertas de las sinagogas a los creyentes gentiles es que éstos ya no tuvieron acceso a la sabiduría que proviene de estudiar las escrituras con el entendimiento hebreo. Al ir creciendo la congregación de nazarenos (cristianos), el número de gentiles fue incrementando mientras que la cantidad de judíos fue disminuyendo. Al principio, los líderes de la iglesia eran los discípulos de Jesús, que eran judíos y conocían la Torá; pero conforme fue pasando el tiempo casi todos los líderes de la iglesia era de trasfondo gentil. Poco a poco, el pensamiento griego y aún pagano se fueron infiltrando en la doctrina de la iglesia.


Ya sea por ignorancia o por conformidad con el mundo, la iglesia cristiana se fue alejando de sus raíces hebreas.  En la próxima entrada veremos cómo sucedió esto… 


lunes, 5 de enero de 2015

Cristianismo: En la Cuna del Judaísmo



¿De dónde surgió el Cristianismo? Éste no surgió de un vacío, sino como una rama del Judaísmo. Jesús era judío; sus doce discípulos eran judíos. Todos ellos no sólo eran judíos de nacimiento, sino vivían su fe. Tanto Jesús como sus seguidores cumplían con las Escrituras hebreas (Torá, Profetas y Escritos, en hebreo Tanaj).

Los primeros creyentes no estaban pensando en formar una nueva religión, sino seguir como judíos, creyendo en un Mesías judío, pero con una interpretación fresca y más pura de las Escrituras.

Jesús dijo claramente que no vino a abolir las Escrituras, sino a cumplirlas, e instó a que así se siguiera enseñando…
(Mateo 5:17-19) No penséis que he venido para abrogar la ley o los profetas; no he venido para abrogar, sino para cumplir. (18) Porque de cierto os digo que hasta que pasen el cielo y la tierra, ni una jota ni una tilde pasará de la ley, hasta que todo se haya cumplido. (19) De manera que cualquiera que quebrante uno de estos mandamientos muy pequeños, y así enseñe a los hombres, muy pequeño será llamado en el reino de los cielos; mas cualquiera que los haga y los enseñe, éste será llamado grande en el reino de los cielos.

Dios no cambió de “opinión”, ni ha cambiado Su orden. Cuando Dios dio la Ley (heb. Torá) en el Monte Sinaí, Él no se equivocó. Su Palabra es verdadera y eterna.
(Isaías 40:8) Sécase la hierba, marchítase la flor; mas la palabra del Dios nuestro permanece para siempre.

(Salmo 119:89-93) Para siempre, oh Jehová, permanece tu palabra en los cielos. (90) De generación en generación es tu fidelidad; Tú afirmaste la tierra, y subsiste. (91) Por tu ordenación subsisten todas las cosas hasta hoy, pues todas ellas te sirven. (92) Si tu ley no hubiese sido mi delicia, ya en mi aflicción hubiera perecido. (93) Nunca jamás me olvidaré de tus mandamientos, porque con ellos me has vivificado.

Las Escrituras nos señalan el plan de redención que Dios trazó desde el principio, apuntando hasta el final, y Su Plan no ha cambiado sino que está en el proceso de su cumplimiento, hasta que el Señor venga y restaure todas las cosas (Hechos 3:18-21).

PABLO Y LA LEY
Pablo (heb. Shaul), el apóstol que llevó el Evangelio a los gentiles, también era judío. Y él no era cualquier judío, pues era fariseo, la rama del judaísmo que seguían estrictamente la Torá y la tradición. Él lo explica en sus propias palabras:
(Filipenses 3:5-6) circuncidado al octavo día, del linaje de Israel, de la tribu de Benjamín, hebreo de hebreos; en cuanto a la ley, fariseo; (6) en cuanto a celo, perseguidor de la iglesia; en cuanto a la justicia que es en la ley, irreprensible.

Pablo no dejó de ser judío, aún después de reconocer a Jesús como el Mesías (en el camino a Damasco, Hechos 9). Luego del encuentro con el Señor, Pablo dedicó muchos años a estudiar y revisar las Escrituras para entender lo que hablaban sobre el Mesías (Gálatas 1:13-17; Lucas 24:27). Después él dedicó su vida a enseñar, tanto a judíos como a gentiles, sobre Jesucristo (heb. Yeshua HaMashiaj, lit. Jesús el Mesías).

A través de esta experiencia y la revelación del Espíritu Santo en el estudio de la palabra, Pablo llegó a entender que lo más importante no es la ley en sí, sino una relación con Dios. Antes de conocer a Jesús, Pablo se gloriaba de sus logros religiosos, pero después de conocer al Señor, él supo que lo más importante era cultivar una relación con Él.
(Filipenses 3:7-13) Pero cuantas cosas eran para mí ganancia, las he estimado como pérdida por amor de Cristo. (8) Y ciertamente, aun estimo todas las cosas como pérdida por la excelencia del conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor, por amor del cual lo he perdido todo, y lo tengo por basura, para ganar a Cristo, (9) y ser hallado en él, no teniendo mi propia justicia, que es por la ley, sino la que es por la fe de Cristo, la justicia que es de Dios por la fe; (10) a fin de conocerle, y el poder de su resurrección, y la participación de sus padecimientos, llegando a ser semejante a él en su muerte, (11) si en alguna manera llegase a la resurrección de entre los muertos. (12) No que lo haya alcanzado ya, ni que ya sea perfecto; sino que prosigo, por ver si logro asir aquello para lo cual fui también asido por Cristo Jesús. (13) Hermanos, yo mismo no pretendo haberlo ya alcanzado; pero una cosa hago: olvidando ciertamente lo que queda atrás, y extendiéndome a lo que está delante.

Parte importante de conocer a Dios es tener conocimiento de Su Palabra. Para poder entender a Dios, debemos conocer Su Mente y Corazón, los cuales están plasmados en las cartas que Él dictó a Su Pueblo: los primeros cinco libros de la Biblia, que en hebreo se conoce como la Torá (Génesis, Éxodo, Levítico, Números, Deuteronomio). Dios dictó estos cinco libros directamente a Moisés, quien los escribió y los trasladó al pueblo de Israel, y han sido transmitidos de generación en generación.
(Deuteronomio 4:1-2) Ahora, pues, oh Israel, oye los estatutos y decretos que yo os enseño, para que los ejecutéis, y viváis, y entréis y poseáis la tierra que Jehová el Dios de vuestros padres os da. (2) No añadiréis a la palabra que yo os mando, ni disminuiréis de ella, para que guardéis los mandamientos de Jehová vuestro Dios que yo os ordene.

Pablo nunca dejó de enseñar la Ley de Dios, ni dejó de cumplirla; así lo hizo hasta el final de sus días.
(Hechos 24:14-16) Pero esto te confieso, que según el Camino que ellos llaman herejía, así sirvo al Dios de mis padres, creyendo todas las cosas que en la ley y en los profetas están escritas; (15) teniendo esperanza en Dios, la cual ellos también abrigan, de que ha de haber resurrección de los muertos, así de justos como de injustos. (16) Y por esto procuro tener siempre una conciencia sin ofensa ante Dios y ante los hombres.

(Hechos 28:17-18) Aconteció que tres días después, Pablo convocó a los principales de los judíos, a los cuales, luego que estuvieron reunidos, les dijo: Yo, varones hermanos, no habiendo hecho nada contra el pueblo, ni contra las costumbres de nuestros padres, he sido entregado preso desde Jerusalén en manos de los romanos; (18) los cuales, habiéndome examinado, me querían soltar, por no haber en mí ninguna causa de muerte.

La diferencia con las otras sectas judías es que él enseñaba que Jesús era el Mesías, y que las puertas del Reino de Dios se habían abierto a los gentiles.
Pablo no anuló la Ley (Torá); él simplemente aclaró que somos salvos por fe y por gracia, y luego de ser salvos nos volvemos “siervos de justicia”, siendo obedientes al orden establecido por nuestro Señor.
(Romanos 6:15-18) ¿Qué, pues? ¿Pecaremos, porque no estamos bajo la ley, sino bajo la gracia? En ninguna manera. (16) ¿No sabéis que si os sometéis a alguien como esclavos para obedecerle, sois esclavos de aquel a quien obedecéis, sea del pecado para muerte, o sea de la obediencia para justicia? (17) Pero gracias a Dios, que aunque erais esclavos del pecado, habéis obedecido de corazón a aquella forma de doctrina a la cual fuisteis entregados; (18) y libertados del pecado, vinisteis a ser siervos de la justicia.

Los creyentes obedecemos la ley no para ser “salvos” sino por obediencia, porque Dios la mandó y para que nos vaya bien (Deut. 4:40; Deut. 12:28).
(Deuteronomio 6:24-25)  Y nos mandó Jehová que cumplamos todos estos estatutos,  y que temamos a Jehová nuestro Dios,  para que nos vaya bien todos los días,  y para que nos conserve la vida,  como hasta hoy.  (25)  Y tendremos justicia cuando cuidemos de poner por obra todos estos mandamientos delante de Jehová nuestro Dios,  como él nos ha mandado.


SECTA DE LOS NAZARENOS
A los primeros cristianos se les consideró como una secta dentro del judaísmo, formada por aquellos que creían que Jesús (heb. Yeshua) era el Mesías prometido en las Escrituras.

A los seguidores de Jesús se les llamaba Notzrim”, que se traduce como “nazarenos”. Se le llamaba así no tanto por el hecho que Jesús era de Nazaret, sino porque consideraban que él era el Mesías, tal como lo profetizó Isaías (cap. 11).
(Isaías 11:1) Saldrá una vara del tronco de Isaí, y un vástago retoñará de sus raíces.

Notzrim viene de la palabra “Netzer”, que significa: renuevo, vástago.

Lo que los diferenciaba a los Notzrim (cristianos) de las demás sectas judías es que ellos creían que Jesús era el Mesías. Otra diferencia es que ellos, aunque seguían la Torá, no seguían todas las tradiciones de los ancianos ni todas las interpretaciones de los rabinos (muchas de las cuales Jesús criticó, al igual que Pablo).

Jesús confrontó a los religiosos de su tiempo sobre algunas tradiciones y doctrinas de hombres:
(Marcos 7:6-9) Respondiendo él, les dijo: Hipócritas, bien profetizó de vosotros Isaías, como está escrito: Este pueblo de labios me honra, mas su corazón está lejos de mí. (7) Pues en vano me honran, enseñando como doctrinas mandamientos de hombres. (8) Porque dejando el mandamiento de Dios, os aferráis a la tradición de los hombres: los lavamientos de los jarros y de los vasos de beber; y hacéis otras muchas cosas semejantes. (9) Les decía también: Bien invalidáis el mandamiento de Dios para guardar vuestra tradición.

También Pablo advirtió sobre algunas tradiciones de hombres que van en contra de la Ley de Dios:
(Tito 1:14) no atendiendo a fábulas judaicas, ni a mandamientos de hombres que se apartan de la verdad.
(Colosenses 2:8) Mirad que nadie os engañe por medio de filosofías y huecas sutilezas, según las tradiciones de los hombres, conforme a los rudimentos del mundo, y no según Cristo.

Tanto Jesús como Pablo y los demás apóstoles enseñaban a seguir la Ley de Dios. Ninguno de ellos dijo que la Ley ya no servía. La crítica de Jesús y los apóstoles se enfocó a las interpretaciones humanas, no a la Torá misma.  El rechazo a la ley vino posteriormente entre los cristianos (por razones que mencionaremos más adelante).


LA LEY SEGÚN PABLO
Pablo es muy claro al decir que él guardó la Torá, y así lo enseñó a los demás.
(Hechos 24:14) Pero esto te confieso, que según el Camino que ellos llaman herejía, así sirvo al Dios de mis padres, creyendo todas las cosas que en la ley y en los profetas están escritas.

Leamos lo que Pablo opina acerca de la Ley:
(Romanos 7:12) De manera que la ley a la verdad es santa, y el mandamiento santo, justo y bueno.

El problema no está en la Ley en sí, sino en la tendencia del hombre a pecar…
(Romanos 7:14-18) Porque sabemos que la ley es espiritual; mas yo soy carnal, vendido al pecado. (15) Porque lo que hago, no lo entiendo; pues no hago lo que quiero, sino lo que aborrezco, eso hago. (16) Y si lo que no quiero, esto hago, apruebo que la ley es buena. (17) De manera que ya no soy yo quien hace aquello, sino el pecado que mora en mí. (18) Y yo sé que en mí, esto es, en mi carne, no mora el bien; porque el querer el bien está en mí, pero no el hacerlo.

¿Por qué algunos creen que Pablo enseñó en contra de la Ley? El problema es que Pablo ha sido malinterpretado, sobre todo por su epístola a los Gálatas. En esa carta Pablo critica a aquellos que usan la Ley como medio para salvación. Los gálatas creían que una persona debía convertirse en judío para ser salvo; pero Pablo enseñó que no era así, pues la salvación viene por fe. Tanto judíos como gentiles son salvos por la fe, no por la obediencia. Luego, como explica Santiago, la fe se hace evidente con buenas obras (las cuales son el resultado de la salvación, y no la causa).
(Santiago 2:14) Hermanos míos, ¿de qué aprovechará si alguno dice que tiene fe, y no tiene obras? ¿Podrá la fe salvarle?
(Santiago 2:17) Así también la fe, si no tiene obras, es muerta en sí misma.


El dilema entre la salvación por fe o por obras surgió desde el principio de la iglesia cristiana, sobre todo cuando los gentiles creyentes comenzaron a unirse a la nueva rama del judaísmo (los Nazarenos). Fue un tema que trataron los apóstoles en el Concilio de Jerusalén, lo cual veremos en la próxima entrada…

sábado, 22 de noviembre de 2014

HECHOS 28: Pablo en Roma


En el camino a Roma, Pablo sufrió un naufragio, pero Dios lo salvó a él y a todos los que iban en la embarcación. Pero no sólo los salvó de morir en el mar, sino puso en su camino a gente que les ayudaron a recuperarse (a quienes después les llegó la oportunidad de salvación espiritual)…
(Hechos 28:1-2) Estando ya a salvo, supimos que la isla se llamaba Malta. (2) Y los naturales nos trataron con no poca humanidad; porque encendiendo un fuego, nos recibieron a todos, a causa de la lluvia que caía, y del frío.

Seguramente Pablo estaba pensando que ya lo peor había pasado, pero ocurrió algo más…  
(Hechos 28:3-4) Entonces, habiendo recogido Pablo algunas ramas secas, las echó al fuego; y una víbora, huyendo del calor, se le prendió en la mano. (4) Cuando los naturales vieron la víbora colgando de su mano, se decían unos a otros: Ciertamente este hombre es homicida, a quien, escapado del mar, la justicia no deja vivir.

La gente local seguramente reconoció el tipo de serpiente que mordió a Pablo, y sabían que iba a morir.  Les pareció irónico que él se hubiera salvado del naufragio sólo para morir por la mordida de una serpiente.  Atribuyeron esa “mala suerte” a algo malo que él había hecho.  Pero Pablo se quedó tranquilo, no sólo porque tenía limpia su conciencia sino porque sabía que él todavía tenía un propósito que cumplir en Roma.  Así como Dios lo había salvado del naufragio y del intento de asesinato en Jerusalén, Pablo sabía que Dios lo libraría del veneno de la serpiente.

Lo que al principio parecía una tragedia luego se tornó en un milagro.  Dios permitió que el suceso con la serpiente sirviera como testimonio para todos los presentes:
(Hechos 28:5-6) Pero él, sacudiendo la víbora en el fuego, ningún daño padeció. (6) Ellos estaban esperando que él se hinchase, o cayese muerto de repente; mas habiendo esperado mucho, y viendo que ningún mal le venía, cambiaron de parecer y dijeron que era un dios.

Pero ese no fue el único milagro que presenciaron…
(Hechos 28:7-10) En aquellos lugares había propiedades del hombre principal de la isla, llamado Publio, quien nos recibió y hospedó solícitamente tres días. (8) Y aconteció que el padre de Publio estaba en cama, enfermo de fiebre y de disentería; y entró Pablo a verle, y después de haber orado, le impuso las manos, y le sanó. (9) Hecho esto, también los otros que en la isla tenían enfermedades, venían, y eran sanados; (10) los cuales también nos honraron con muchas atenciones; y cuando zarpamos, nos cargaron de las cosas necesarias.

La estadía en Malta cumplió un propósito.  No sólo los maltenses ayudaron a Pablo, sino que también él los ayudó, y más importante aún, les dejó el Evangelio.  Los tres meses que tuvieron que invernar en la isla no se desperdiciaron, sino que dejaron en la isla el testimonio de quién es el Dios verdadero. 

Cuando pasó el invierno, los náufragos tomaron otro barco que los llevaría a Roma…
(Hechos 28:11-14) Pasados tres meses, nos hicimos a la vela en una nave alejandrina que había invernado en la isla, la cual tenía por enseña a Cástor y Pólux. (12) Y llegados a Siracusa, estuvimos allí tres días. (13) De allí, costeando alrededor, llegamos a Regio; y otro día después, soplando el viento sur, llegamos al segundo día a Puteoli. (14) donde habiendo hallado hermanos, nos rogaron que nos quedásemos con ellos siete días; y luego fuimos a Roma.

Lo curioso es que cuando Pablo arribó a Italia, no se presentó de inmediato ante el emperador, sino que primero se encontró con los hermanos de la fe.

Probablemente Pablo se preguntaba cómo lo iban a recibir los hermanos, luego de haber leído la carta que les había enviado tres años atrás (Epístola a los Romanos). Pero no tenía de qué preocuparse, porque los creyentes de Roma lo recibieron bien, y esto lo animó mucho. 
(Hechos 28:15) de donde, oyendo de nosotros los hermanos, salieron a recibirnos hasta el Foro de Apio y las Tres Tabernas; y al verlos, Pablo dio gracias a Dios y cobró aliento.

Un grupo de creyentes llegaron a encontrarse con Pablo antes de que llegara a la ciudad (aproximadamente a una distancia de 25 kms).  Era evidente que Dios iba delante de Pablo preparándole camino, pues encontraba gracia dondequiera que iba.  Aun el centurión que guardaba a Pablo no se opuso a que éste hiciera estas paradas en el camino; no sería de extrañar que el centurión llegara a creer en Dios por todo lo que vio en el camino (Fil. 1:12-13). 

Eventualmente llegó el momento en que el centurión tuvo que llevar a Pablo ante las autoridades.
(Hechos 28:16) Cuando llegamos a Roma, el centurión entregó los presos al prefecto militar, pero a Pablo se le permitió vivir aparte, con un soldado que le custodiase.

Aun estando bajo custodia, Pablo encontró favor ante los hombres, y le permitieron estar bajo arresto domiciliario en lugar de la cárcel común.  Aunque no podía salir ni visitar la sinagoga local, él llamó a los líderes judíos para hablarles, tal como lo había hecho en todas las ciudades a las que visitaba. 
(Hechos 28:17-20) Aconteció que tres días después, Pablo convocó a los principales de los judíos, a los cuales, luego que estuvieron reunidos, les dijo: Yo, varones hermanos, no habiendo hecho nada contra el pueblo, ni contra las costumbres de nuestros padres, he sido entregado preso desde Jerusalén en manos de los romanos; (18) los cuales, habiéndome examinado, me querían soltar, por no haber en mí ninguna causa de muerte. (19) Pero oponiéndose los judíos, me vi obligado a apelar a César; no porque tenga de qué acusar a mi nación. (20) Así que por esta causa os he llamado para veros y hablaros; porque por la esperanza de Israel estoy sujeto con esta cadena.

Pablo les explicó que la razón de su prisión era básicamente religiosa, pero en realidad él no había faltado en nada a Dios, ni la Torá.  Explicó que los romanos lo pusieron en prisión para protegerlo, pero aún ellos lo encontraron sin culpa.  La razón por la que estaba allí era porque tuvo que apelar al César para evitar que sus enemigos judíos lo mataran.

La reacción de los judíos en Roma fue la siguiente:
(Hechos 28:21-22) Entonces ellos le dijeron: Nosotros ni hemos recibido de Judea cartas acerca de ti, ni ha venido alguno de los hermanos que haya denunciado o hablado algún mal de ti. (22) Pero querríamos oír de ti lo que piensas; porque de esta secta nos es notorio que en todas partes se habla contra ella.

Sabiendo que Pablo era creyente en Jesús, los judíos en Roma querían saber lo que él pensaba de esa nueva secta: “el Camino”, es decir, los que creían que Jesús era el Mesías. 

Años atrás los judíos romanos habían tenido problemas por una controversia relacionada con el Camino.  Hubo división entre los que creían en Cristo y los que se oponían, y el conflicto llegó a ser tal que se llegaron a pelear en las calles.  Debido a estos disturbios, el emperador Claudio tomó la decisión de expulsar a todos los judíos de Roma en el año 49.  No fue sino hasta diez años después que se les permitió a los judíos regresar a Roma.  Para entonces, la comunidad judía contaba con una benefactora: la esposa de Nerón, quien se había convertido al judaísmo.

La reunión de Pablo con los líderes judíos de Roma no fue la última.  Siguió reuniéndose con ellos y con otros creyentes.
(Hechos 28:23) Y habiéndole señalado un día, vinieron a él muchos a la posada, a los cuales les declaraba y les testificaba el reino de Dios desde la mañana hasta la tarde, persuadiéndoles acerca de Jesús, tanto por la ley de Moisés como por los profetas.

Los judíos en Roma reaccionaron como en todos los lugares—unos creyeron, y otros no.
(Hechos 28:24) Y algunos asentían a lo que se decía, pero otros no creían.

Tal vez a Pablo no le extrañó las diferentes reacciones a su mensaje, pues lo había visto en casi todos los lugares.  Entendió que el corazón es duro, y no todos buscan la verdad ni quieren entender, tal como lo expresó el profeta Isaías:
(Hechos 28:25-27) Y como no estuviesen de acuerdo entre sí, al retirarse, les dijo Pablo esta palabra: Bien habló el Espíritu Santo por medio del profeta Isaías a nuestros padres, diciendo: (26) Ve a este pueblo, y diles:  De oído oiréis, y no entenderéis; y viendo veréis, y no percibiréis; (27) Porque el corazón de este pueblo se ha engrosado, y con los oídos oyeron pesadamente, y sus ojos han cerrado, para que no vean con los ojos, y oigan con los oídos, y entiendan de corazón, y se conviertan, y yo los sane.

La reacción de quien “oye espiritualmente” es el arrepentimiento, que lleva a la obediencia, y luego restauración.  La palabra hebrea para “oír” es: Shema, que implica: escuchar + hacer (una va con la otra, y no pueden desligarse).  “Oír—Shema” lleva a hacer y obedecer; de lo contrario, “no se escuchó”. 

Pablo lamentó que muchos del pueblo judío no habían “oído (heb. Shemá)”.  Pero el mensaje seguiría su curso, y ahora llegaría a los gentiles.
(Hechos 28:28-29) Sabed, pues, que a los gentiles es enviada esta salvación de Dios; y ellos oirán. (29) Y cuando hubo dicho esto, los judíos se fueron, teniendo gran discusión entre sí.

DOS AÑOS EN ROMA
El Libro de los Hechos termina diciendo que Pablo permaneció dos años en Roma, en arresto domiciliario.  Pero aún desde allí, él siguió compartiendo acerca de Jesús. 
(Hechos 28:30-31) Y Pablo permaneció dos años enteros en una casa alquilada, y recibía a todos los que a él venían, (31) predicando el reino de Dios y enseñando acerca del Señor Jesucristo, abiertamente y sin impedimento.

Sin duda, la narrativa parece inconclusa.  Puede ser que Lucas ya no quiso escribir sobre el final de Pablo, o tal vez ya no estuvo presente.  Lo que se sabe del final de Pablo es por tradición…

PABLO ANTE NERON
La tradición cuenta que Pablo fue decapitado en Roma por orden del emperador Nerón.  Algunos dicen que Pablo murió luego de los dos años de arresto en Roma. Otros dicen que en este primer juicio, Pablo fue encontrado inocente y fue puesto en libertad.  En ese tiempo fue a España; pero al regresar, volvió a ser apresado, y en esa ocasión sí lo condenaron. 

Pero la muerte no tomó a Pablo por sorpresa.  En una de sus últimas epístolas, Pablo escribió a Timoteo, y se despidió de su discípulo porque sabía que ya le había llegado su hora.  Ya había cumplido su misión, y ya estaba listo para reunirse con el Señor, lo cual él deseaba sobre todas las cosas (Fil. 1:21-23). 
(2 Timoteo 4:5-8)  Pero tú sé sobrio en todo, soporta las aflicciones, haz obra de evangelista, cumple tu ministerio. (6) Porque yo ya estoy para ser sacrificado, y el tiempo de mi partida está cercano. (7) He peleado la buena batalla, he acabado la carrera, he guardado la fe.  (8) Por lo demás, me está guardada la corona de justicia, la cual me dará el Señor, juez justo, en aquel día; y no sólo a mí, sino también a todos los que aman su venida.

No se sabe a ciencia cierta lo que pasó con Pablo en sus últimos días, pero lo que sí sabemos es que él vivió para el Señor.  El dedicó su vida a llevar el Evangelio tanto a judíos como a gentiles, y sus cartas han servido a los creyentes de todos los tiempos y lugares desde entonces hasta la actualidad.  Así como Pablo imitó a Cristo, nosotros somos invitados a imitarle para traer la luz de Dios a este mundo. Amén.



jueves, 13 de noviembre de 2014

HECHOS 27: Rumbo a Roma




Dado que en su juicio Pablo apeló al César, él fue enviado a Roma…
(Hechos 27:1-2) Cuando se decidió que habíamos de navegar para Italia, entregaron a Pablo y a algunos otros presos a un centurión llamado Julio, de la compañía Augusta. (2) Y embarcándonos en una nave adramitena que iba a tocar los puertos de Asia, zarpamos, estando con nosotros Aristarco, macedonio de Tesalónica.

Pablo iba bajo custodia de un centurión romano, pero en el barco también iban varios discípulos de Pablo, incluyendo a Aristarco y Lucas (quien narra la historia de los Hechos—1:1; Luc. 1:3).

A Pablo se le dio un trato preferencial, en comparación a otros prisioneros.  Él fue enviado por vía marítima, no terrestre, la cual es más expedita.  Sin embargo, no era un viaje directo a Roma, sino que hicieron varias paradas, pues iban en una embarcación comercial.  La primera parada la hicieron en Sidón…
(Hechos 27:3)  Al otro día llegamos a Sidón; y Julio, tratando humanamente a Pablo, le permitió que fuese a los amigos, para ser atendido por ellos.

Sidón queda al norte de Cesarea (hoy Saida, en Líbano, al sur de Beirut, y al oeste de Damasco).  Ese era uno de los puertos más importantes de la región.  Allí les permitieron a los amigos de Pablo no sólo que lo visitaran sino que lo atendieran.  De nuevo vemos que Pablo halló gracia a los ojos de los demás.

La ruta que siguieron fue la siguiente: Cesarea > Sidón > Chipre > Mira…
(Hechos 27:4-5) Y haciéndonos a la vela desde allí, navegamos a sotavento de Chipre, porque los vientos eran contrarios. (5) Habiendo atravesado el mar frente a Cilicia y Panfilia, arribamos a Mira, ciudad de Licia.

Estando en Mira, cambiaron de embarcación, a otra que no haría tantas paradas.  Ese barco transportaba trigo proveniente de Egipto, con destino a Roma.  Además del trigo, también llevarían presos, uno de los cuales era Pablo.  Aunque la ruta de ese barco era más directa, se encontraron con un obstáculo natural: el viento.
(Hechos 27:6-8) Y hallando allí el centurión una nave alejandrina que zarpaba para Italia, nos embarcó en ella. (7) Navegando muchos días despacio, y llegando a duras penas frente a Gnido, porque nos impedía el viento, navegamos a sotavento de Creta, frente a Salmón. (8) Y costeándola con dificultad, llegamos a un lugar que llaman Buenos Puertos, cerca del cual estaba la ciudad de Lasea.

Algunos comentaristas señalan que ellos estaban viajando en el séptimo mes bíblico, por la referencia al ayuno (del Día de Expiación, 10 de Tishri) que hace Pablo.  A esas alturas del año no era propicio viajar por mar abierto, ya que se acercaba el invierno y en ese tiempo era peligroso viajar por mar debido a las tormentas que se formaban (más adelante se mencionan ese fenómeno atmosférico por nombre: Euroclidon, hechos 27:14).
(Hechos 27:9-10) Y habiendo pasado mucho tiempo, y siendo ya peligrosa la navegación, por haber pasado ya el ayuno, Pablo les amonestaba, (10) diciéndoles: Varones, veo que la navegación va a ser con perjuicio y mucha pérdida, no sólo del cargamento y de la nave, sino también de nuestras personas.

El viento estaba haciendo casi imposible avanzar al barco. Pablo se dio cuenta que era mejor detenerse que seguir avanzando.  Esto no lo sabía porque él fuera capitán de barco, sino por experiencia.  En su segunda carta a los Corintios menciona haber pasado por varios naufragios en sus travesías llevando el Evangelio…
(2 Corintios 11:25-28) Tres veces he sido azotado con varas; una vez apedreado;  tres veces he padecido naufragio; una noche y un día he estado como náufrago en alta mar; (26) en caminos muchas veces; en peligros de ríos, peligros de ladrones, peligros de los de mi nación, peligros de los gentiles, peligros en la ciudad, peligros en el desierto, peligros en el mar, peligros entre falsos hermanos;  (27) en trabajo y fatiga, en muchos desvelos, en hambre y sed, en muchos ayunos, en frío y en desnudez; (28) y además de otras cosas, lo que sobre mí se agolpa cada día, la preocupación por todas las iglesias.

Pablo recomendó al centurión que se quedaran anclados mientras la tormenta pasaba, pero el capitán y el dueño del barco no pensaban lo mismo…
(Hechos 27:11-13) Pero el centurión daba más crédito al piloto y al patrón de la nave, que a lo que Pablo decía. (12) Y siendo incómodo el puerto para invernar, la mayoría acordó zarpar también de allí, por si puediesen arribar a Fenice, puerto de Creta que mira al nordeste y sudeste, e invernar allí. (13) Y soplando una brisa del sur, pareciéndoles que ya tenían lo que deseaban, levaron anclas e iban costeando Creta.

Lamentablemente el viento a favor no duró mucho…
(Hechos 27:14-17) Pero no mucho después dio contra la nave un viento huracanado llamado Euroclidón. (15) Y siendo arrebatada la nave, y no pudiendo poner proa al viento, nos abandonamos a él y nos dejamos llevar. (16) Y habiendo corrido a sotavento de una pequeña isla llamada Clauda, con dificultad pudimos recoger el esquife. (17) Y una vez subido a bordo, usaron de refuerzos para ceñir la nave; y teniendo temor de dar en la Sirte, arriaron las velas y quedaron a la deriva.




Esta tempestad no duró sólo un día sino varios…
(Hechos 27:18-20) Pero siendo combatidos por una furiosa tempestad, al siguiente día empezaron a alijar, (19) y al tercer día con nuestras propias manos arrojamos los aparejos de la nave. (20) Y no apareciendo ni sol ni estrellas por muchos días, y acosados por una tempestad no pequeña, ya habíamos perdido toda esperanza de salvarnos.

Todos se estaban dando por vencidos…menos Pablo.  El sabía que su vida no podía acabar allí porque todavía tenía un propósito que cumplir.  No sólo eso, sino que sabía que todas las personas se salvarían, porque así se lo había revelado el Señor.
(Hechos 27:21-25) Entonces Pablo, como hacía ya mucho que no comíamos, puesto en pie en medio de ellos, dijo: Habría sido por cierto conveniente, oh varones, haberme oído, y no zarpar de Creta tan sólo para recibir este perjuicio y pérdida. (22) Pero ahora os exhorto a tener buen ánimo, pues no habrá ninguna pérdida de vida entre vosotros, sino solamente de la nave. (23) Porque esta noche ha estado conmigo el ángel del Dios de quien soy y a quien sirvo, (24) diciendo: Pablo, no temas; es necesario que comparezcas ante César; y he aquí, Dios te ha concedido todos los que navegan contigo. (25) Por tanto, oh varones, tened buen ánimo; porque yo confío en Dios que será así como se me ha dicho.

Pablo tenía completa fe en Dios; si Él había dicho algo, lo cumpliría.  El Señor había dicho que todas las personas en el barco se salvarían…pero no todos creyeron.
(Hechos 27:27-32) Venida la decimacuarta noche, y siendo llevados a través del mar Adriático, a la medianoche los marineros sospecharon que estaban cerca de tierra; (28) y echando la sonda, hallaron veinte brazas; y pasando un poco más adelante, volviendo a echar la sonda, hallaron quince brazas. (29) Y temiendo dar en escollos, echaron cuatro anclas por la popa, y ansiaban que se hiciese de día. (30) Entonces los marineros procuraron huir de la nave, y echando el esquife al mar, aparentaban como que querían largar las anclas de proa. (31) Pero Pablo dijo al centurión y a los soldados: Si éstos no permanecen en la nave, vosotros no podéis salvaros. (32) Entonces los soldados cortaron las amarras del esquife y lo dejaron perderse.

Algunos se iban a escapar en la embarcación pequeña de emergencia, pero Pablo los denunció.  Detuvieron a los desertores, y dejaron caer el barquito al mar, no sólo para prevenir una fuga sino también para alivianar aún más la carga del barco.
(Hechos 27:33-38) Cuando comenzó a amanecer, Pablo exhortaba a todos que comiesen, diciendo: Este es el decimocuarto día que veláis y permanecéis en ayunas, sin comer nada. (34) Por tanto, os ruego que comáis por vuestra salud; pues ni aun un cabello de la cabeza de ninguno de vosotros perecerá. (35) Y habiendo dicho esto, tomó el pan y dio gracias a Dios en presencia de todos, y partiéndolo, comenzó a comer. (36) Entonces todos, teniendo ya mejor ánimo, comieron también. (37) Y éramos todas las personas en la nave doscientas setenta y seis. (38) Y ya satisfechos, aligeraron la nave, echando el trigo al mar.

Luego de comer, aligeraron aún más el barco.  Lanzaron al mar toda la carga de trigo, lo cual implicaba una pérdida completa para el dueño del barco; pero por lo menos salvarían la vida de las personas.  Todo esto pasó de noche, y al llegar el día pudieron apreciar mejor la situación en la que se encontraban…
(Hechos 27:39-41) Cuando se hizo de día, no reconocían la tierra, pero veían una ensenada que tenía playa, en la cual acordaron varar, si pudiesen, la nave. (40) Cortando, pues, las anclas, las dejaron en el mar, largando también las amarras del timón; e izada al viento la vela de proa, enfilaron hacia la playa. (41) Pero dando en un lugar de dos aguas, hicieron encallar la nave; y la proa, hincada, quedó inmóvil, y la popa se abría con la violencia del mar.

El barco se encalló, pero por lo menos podrían bajar a tierra firme.  El problema es que en el barco iban también presos.  Los soldados que los custodiaban temían que se fugaran.  Si eso sucedía, les cobrarían a ellos con sus vidas.  Para evitar eso, decidieron matarlo, pero el centurión intervino para proteger la vida de Pablo—pues gracias a él todos estaban vivos.
(Hechos 27:42) Entonces los soldados acordaron matar a los presos, para que ninguno se fugase nadando. (43) Pero el centurión, queriendo salvar a Pablo, les impidió este intento, y mandó que los que pudiesen nadar se echasen los primeros, y saliesen a tierra; (44) y los demás, parte en tablas, parte en cosas de la nave. Y así aconteció que todos se salvaron saliendo a tierra.

Hay peores naufragios que los de un barco. Pablo habló de ello a Timoteo:
(1 Timoteo 1:18-19)  Este mandamiento, hijo Timoteo, te encargo, para que conforme a las profecías pasadas acerca de ti, milites por ellas buena milicia;  (19)  reteniendo la fe y buena conciencia, la cual echando de sí algunos, hicieron naufragio en la fe.

En el siguiente capítulo veremos lo que sucede en Malta, y finalmente la llegada de Pablo a Roma…